La Selva Dormida
Entonces me desperté
y encontré que los techos verdes y el sonido de las guacamayas transfirieron mi
cuerpo a la selva, aún cuando me encontraba en medio de una cama, botellas y
cuerpos vacíos, que rondando por la habitación no hallaron lugar y
permanecieron inmóviles ante lo que sus mentes revelaban. Un cuadro perfecto y un escenario ideal, se
desmontaba sobre mis ojos que expectantes querían seguir viendo matorrales y
cascadas que al tiempo, descendían como lágrimas sobre las mejillas. De
repente quise explorar, y caminar sin despertar a los otros tripulantes que
inmersos en la selva, no sabían que estaban en ella; salir, y vislumbrar tal
paraíso ambulante de seres que inanimados ahora se convertían en micos
bailarines, balanceándose entre las ramas, invitándome a seguir su ritmo y a
llegar al borde de lo que la locura podría expresar; para el que duerme, una
calle, pero para aquel que sueña despierto, la orilla de un río que al
atravesar podría llevarme a la entrada de un universo que me espera para ser
parte de una nueva revolución; una revolución sensorial, en la que los sentidos
superan su máximo nivel de funcionamiento, añorando una felicidad absoluta
capaz de romper la brecha entre uno y otro.
Así que crucé y entre más matorrales y lágrimas de naturaleza, mis ojos
se detuvieron ante la simpática presencia de alguien; un tanto tieso, un tanto
raro, tenía en sí el espíritu de la libertad, y armado entre morrales y prendas,
tampoco llevaba un plan pero si una finalidad; juntos recorrimos gran parte de
esa selva que aún no develaba los secretos ocultos de la tierra, pero entre
tantos pasos y huellas dejadas, comprendimos que la incertidumbre era aún más bella que
cualquier oro. Pronto, La noche se asomaba ya ansiosa porque su acompañante más
bella, la luna, saldría toda de blanco con un traje de estrellas como para
enamorar, con lo que hacía una playa cercana y aún juntos decidimos ser
víctimas de lo que aquellos y el mar podrían mostrar. Él cómo un espejo incitaba a qué no sólo la
naturaleza hiciera juego entre el cielo y la tierra, sino que todos sus
integrantes se sumaran y fueran uno, tanto que el corazón y los sentidos se tendrían
que paralizar por un momento para quedar en la infinidad de los recuerdos y de
esos momentos que nunca volverán. El
gran secreto fue descubierto, esa alegría tan añorada está más allá de lo que
dormidos soñamos, sólo hay que despertar y recrear el mundo que ante las mentes
vacías es repetitivo y de concreto, quizá hoy en una selva, mañana en el
desierto, pero siempre ansioso por encontrar algo que vaya más allá; el encuentro
con un universo ultra sensorial, el encuentro con la felicidad de no saber con
quién te complementarás. Finalmente,
dormí.