domingo, 18 de marzo de 2012


LA PLAZA DE LAS NIEVES, LA LIBRERÍA DE LA NACHO

Era una paloma Tuerta, con un ojo abultado, que al mirarla de lado parecía la colilla  a punto de caer de un cigarro, a punto de perder el fuego y la idea de seguir volando.  Conspira, observa y sin rumbo se detiene a mi lado, en busca del humo que de mi boca exhalo, y de aquellos diminutos trozos de azúcar que del empaque han quedado.  Su estadía no me incomoda, ni mucho menos me hace daño, a menos que esté portando un mal de muchos años y quiera que junto a su lado despierte al mundo con un resfriado.
La lluvia se detiene, el cielo se despeja y al parecer yo también puedo salir volando, de aquél café de la librería de la nacho, de aquella  terraza en  la que la  séptima estoy mirando.  Unos minutos más y la paloma, emprende su viaje. Yo pago y bajo, a contemplar lo que en una esquina aún no ha pasado; el encuentro con un sinfín de historias que jamás había percatado y la espera porque algo allí me dejara sin ningún presagio
Afuera, encuentro textos que al parecer son de mi interés, pero sin dinero  dentro de mi morral, me dan ganas de llorar, y tal vez correr por esa avenida en la que quizá también estén, simplemente más baratos y sin rigidez.  Su contenido no cambia solo lo que de  su portada se pueda ver, y los pesos que sin besos hay que perder.  Muchos de ellos aquí se nombrarán, contando la historia del qué dirán, de esa esquina aún sin recorrer, por muchos que pasan y nada ven.
Así empezaré narrando la historia de una señora como loca, que dentro muy dentro guardaba un secreto, un cuento de quien sabe cuánto tiempo, que a fin de cuentas se llama el alcohol secreto.  Aquella no tiene nombre, edad ni claridad mental para pensar, el por qué su vida no era normal.  Solo analizar que dentro de su cuerpo  tenía que estar, el licor de la muerte y el secreto de la soledad.
Caminando y llegando al lugar en donde yo estaba ya, le pregunta a mi vecino, -ve niño, no tendrás alguito para tomar-,  y él sin pena ni gloria muy groseramente le contestó,- para ti vieja borracha nada tengo, adiós -.la estatua enfurecida que allí posa sobre la placita pareció avisar, a la policía que a metros estaba para cuidar.  De repente,un cuerpo verde vino para aislar, a la señora muy lejos de la sociedad,  pues cuentan los que cuentos ni secretos pueden callar, que aquella siempre aqueja a la gente del lugar, y que nunca, por más que quieran, a ella la harán olvidar, el amor que siente por esa botella que nunca se va a acabar.  La botella de la muerte y la pesadez de la libertad, que ella condiciona y no ha sabido aprovechar.
Pero no todo es llanto, pesadez e inmadurez, pues aún en el invierno la lluvia no deja ceder, el canto y la fe de quienes viven al pie, de esa esquina bonita capaz de sorprender.  Como pasa con aquella que siempre está, tomando la presión del corazón al son del sol; aquella que simplemente pone su ser y estar, a disposición del que quiera salvar su humanidad.  De qué supondremos que será de ser,como la vieja loca a quien ella echó a correr.  Su nombre al igual, desconocido quedará, pero nunca su tiempo y labor a realizar.
 Ella, un tanto robusta y sin desvariar, con sus cachetes rojos quiere redondear, el rojo pálpito de quienes a ella acuden ya, cuando piensan que su suerte no los acompañará más.  Aunque suertudo resulta uno a quien de primeraso  me percaté, no solo quería su corazón atender; pues este además con coqueterías y traje de crack, a la chica quería cortejar, para así poder estar, con ella en el más allá.  Pero ella casi tiesa, al parecer no le corresponderá, pues aquel muy viejo resulta ya

para su edad; y el sin más que hacer e imaginando junto a ella el tiempo pasar, se quedará  esperando una respuesta que nunca llegará; el fin de su ilusión, el fin de una vida sin amor.
Como estas muchas historias vi en ese lugar, historias de niños, jóvenes y más, que esperando o desesperados, el amor parecía molestar, aún cuando se supone este a todos debería alegrar.  Cualquier desprecio me hace gracia a mi, cuando la ridiculez no puede soportar la indiferencia y el sentir, que aquella jamás corresponderá, a quien intenso no la deja de seguir. 
Historias del mundo sin los trozos aburridos son los que se cuentan aquí, en la esquina donde todo el tiempo personajes que parecen de mentiras parecen surgir; en la mañana, o en la noche cuando muchos hacen caso omiso de su seguridad, al medio día cuando todos corren a llenarse de caviar.  Una de ellas que salió de un lugar, pareció molesta y con ganas de llorar, pues aquel restaurante al que fue a almorzar, con un pelo sorpresa la hizo vomitar. Y el  payaso chistoso que invitaba a entrar, con gestos y chistes la quiso remediar, pero aquella tan brava estaba ya, que ni siquiera la cuenta quiso mirar.
Ese payaso de quien hablo aquí, y que a lo lejos veo con ganas de morir, denota la tristeza de lo que hace allí, que no le da si quiera para sonreír.  Aquellos  armados en colores y alegrías de mentiras me recuerdan a mi, que la esencia no se esconde tras el festín, siendo ellos al parecer, los que más sufren y no tienen nada para reír.  Sin embargo su labor al patrón debe sorprender, mostrando al público su interés, porque al restaurante quieran entrar, así sea solo a chismosear.  Y este, solo, parece sentir, el hambre de lo que adentro no le van a servir, pues ese, el dueño, tacaño resulta ser, que a sus empleados las sobras les da de comer.  ¿Qué será de la vida de aquel que de su alegría pretende vender, esperanzas y sueños que el ya no ve, al perderlo todo, su vida, e interés? Con esa pregunta me dejó reflexionando, un par de horas para

Seguir trabajando, en un texto de tres mil palabras, en el texto de la vida de un montón de extraños.
Ahora dejar de lado el cuento de tantos que por aquí han pasado, para recrear lo que el edificio, cuenta con tantos años, mostrando en sus vestigios la lucha de los revolucionarios
Grafitis y pinturazos, decoran las paredes del contemporáneo, que en sus bordes de antaño, putazos tiene al estado.” Ministra renuncie”, dice de un lado, pues fue ella la que al estudiantado, dejó más de un mes plantado, en calles y universidades, pero sin clases y peleando.
Estar aquí me recuerda aquel año, en los que las marchas  y besatones, eran el fin de cada rato; cuando parada en este punto, fotografías y videos machacaban el firmamento, con gritos y cantos, que al presenciarlos aportaba, una voz más en el llanto; un llanto por la revolución  que hacía falta por la educación; la voz de libertad, la voz de la expresión en su máximo esplendor
Ya empieza la noche, y con ella su oscuridad, que asentada en los rincones, solo muestran inseguridad.  Una plaza desocupada, donde los que quedan solo son, los que de otros esperan un morral lleno de ilusión.  Pasaba una señora, un tanto fina y delicada, que al arañaso de un ratero, grita pero nada pasa; solo el tiempo en el que llega otra vez el cuerpo verde, a filtrar un robo, ya una actividad inconsecuente.  En ese bolso llevaba, su dinero y maquillaje, que a la hora de la verdad, no hacían más que espantar, pues su presencia era otra a la que en realidad, huía con polvos para aparentar.  Llorando y suplicando, porque agarraran al señor, aquellos verdes corren sin dirección, y ella achantada no hace más que aclamar, por una ciudad plena donde pueda encontrar paz.



Yo con pinta desadaptada y un tanto desparchada, me encuentro  con un parcero al que le sigo su juego; con él comparto Momentos una bebida que solo venden allá, capaz de embriagar con el dulce del ámbar, encendiendo la luz de algo que nacía y florecía bajo la luz, la luz de una luna que expectante quería una fortuna. La fortuna de suscitar un amor de verdad, la fortuna de dejar atrás la soledad.
Para rematar la noche, jazz se oye desde el lugar, tocado con un saxo como para enamorar, al son de la pasión y el fuego de la ciudad, que acompañan perfectamente la ocasión y el estar; estar en un lugar que nadie pensará, sería un recuento de relatos e historias para contar.
Así termina el cuento de un día peculiar, donde la mañana, tarde y noche cambiaron mi pensar; de un espacio al que la gente sólo va, a que alguno lo retrate al otro costado por un dineral.  El cuento sin fin de una esquina entrometida en la ciudad, capaz de transformar el ser y el estar.  El estar inmerso dentro de una sociedad, tan llena de locuras y vivencias por explorar.

1 comentario:

  1. Siempre me llaman mucho la atención las narraciones urbanas, ese aroma de lo citadino y acá también lo estoy disfrutando. Espero seguir leyendo este tipo de historias que tanto alimentan el alma. Buenas letras.

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